La imagen de nuestra época

Historia y fotografía. El siglo XX en imágenes.

"Podemos taparnos los oidos durante
la tormenta, y los rayos continuarán sonando. O cerrar los ojos ante la crueldad de la guerra, y las bombas seguiran cayendo. O contener la respiración para evitar la pestilencia de los cadáveres descomponiendose, pero seguiremos oliendo a culpabilidad. La ignorancia no nos exculpa". M.P.

sábado, 12 de mayo de 2012

Fotografía y patrimonio. 3: Granada zirí. b) Las Murallas.

 Plano de la Granada árabe. Luís Seo de Lucena, 1910.
 
Los restos más antiguos de la muralla zirí pertenecen al recinto de la Alcazaba Cadima:

1      1. Torreón relacionado con la puerta de Bab Qastar (Puerta de Hisn Roman).


 Portada añadida en el s. XVIII, al convertir la torre en capilla dedicada a San Cecilio.

2      2. Torreón adosado al convento de las Tomasas, correspondiente a la antigua Bab al-Bunut (Puerta de las Banderas), demolida en 1556.


3      3. Paño de muralla que arranca de la plaza de Bibalbonut y acaba en el Arco de las Pesas.



4       4. Torreones en las calles Guinea y San Juan de los Reyes, relacionados con la Coracha.

                A una etapa posterior, más cercana a la mitad del s. XI:
1.        Lienzo de muralla de 400 metros formado por 4 torreones cilíndricos y 8 rectangulares, que va desde el Arco de las Pesas a la Puerta Monaita.




     La construcción está realizada en tapial. El nombre de tapial viene del árabe tabiya, que se refiere al sistema de encofrado. Es la técnica más característica de la construcción andalusí. El tablero disponía de unas medidas aproximadas de 2,50 x 0,80 metros, estando formado por tres o cuatro tablas colocadas a tope por el canto de mayor longitud y sujetas por dos o tres tabicones verticales, llamados costeros, que las sujetaban. 





     La primera hilada de cajones se solía levantar sobre un cimiento de mampostería que evitaba la ascensión de humedad por capilaridad ya que el material principal que forma el tapial es la tierra. Si el muro a ejecutar se situaba en la pendiente de una ladera, dicho cimiento de mampostería se escalonaba, estando su superficie horizontal y vertical perfectamente nivelada y aplomada.


     El tapial no es un material de construcción, sino un sistema constructivo consistente en verter en el interior de un encofrado de madera el material que constituía los distintos tipos de tapiales. Se distinguen, en función de su diferente composición y de la disposición de los materiales en el interior del cajón, el  tapial real (tongadas de tierra alternadas con una lechada de mortero rico en cal), tapial de tierra (tongadas sólo de tierra), tapial de tierra y cal (tongadas de tierra mezclada con cal), tapial calicastrado o de cal y costra (tongadas de tierra o de tierra y cal con pellas de mortero rico en cal en los cantos), tapial hormigonado (hormigón de cal vertido en el cajón sin tongadas) y tapial de calicanto o de cal y canto (hilas de piedra de diverso tamaño alternadas con tongadas de tierra o de tierra y cal). Las tongadas mencionadas, una vez apisonadas con un pisón de madera, solían tener un grosor de unos 8 a 10 cms.




Estado del solar próximo al Carmen de la Muralla.





2.       Restos de un lienzo de muralla en el callejón del Perro, que formaba parte de la muralla que iba desde la Cruz de Quirós hasta la portería del Convento de San Gregorio el Bético.

Muralla zirí en San Juan de los Reyes y restos encontrados en la Casa de los Tiros.

3.       Torreón próximo a la placeta de la Santísima Trinidad.

 La Coracha en la Plataforma de Ambrosio de Vico.

                Cerca de la Medina:
1.       Pequeños restos en la Cuesta de Abarqueros.


2.       Lienzo adosado a una casa en la Plaza de la Mariana.
 Recorrido de la muralla zirí en la zona de Bitabaubín y la Plaza de la Mariana. Plano de Granada con el recinto de sus antiguas murallas y monumento árabes de Rafael Contreras (1874).

 En la foto de Ayola, de finales del s. XIX, se muestra la torre musulmana conectada al antiguo cuartel.

Restos de muralla localizadas en las cocheras de Bitabaubín.

Detalle del Plano de Seco de Lucena en el que se recogen las puertas y murallas en el entorno de Bitabaubín.

3.       Restos descubiertos en el Convento de la Encarnación.





viernes, 11 de mayo de 2012

Horst Faas: fotoperiodismo en estado puro.

     El dos veces ganador del Premio Pultitzer, Horst Faas, firma su libro en el Couvent des Minimes en Perpignan, Francia, durante el encuentro Visa pour l'Image el 06 de septiembre de 2008.
     El 10 de mayo, Horst Faas falleció a los 79 años de edad en Munich.

     Alcanzó la fama fotografiando los horrores de la Guerra de Vietnam trabajando para la agencia AP. Con esta cobertura ganó su primer Pulitzer en 1965. Siete años después, volvía a conseguir este premio por segunda vez por sus fotografías del conflicto en Bangladesh.

El fotógrafo alemán Horst Faas durante una patrulla en las selvas de Vietnam

      El fotógrafo alemán Horst Faas, junto al fotógrafo vietnamita americano y ganador de un Premio Pulitzer Nick Ut (der.) y el fotógrafo vietnamita Dinh Dinh Phuoc, durante una fiesta el 28 de abril de 2005 con veteranos de los medios de comunicación para conmemorar los 30 años de la caída de Saigón. 

     Nacido en Alemania, el veterano corresponsal de guerra comenzó a trabajar con la cooperativa de noticias estadounidense en 1956 y se hizo famoso por sus fotografías de los grandes conflictos de la época.
     Gravemente herido en el sur de Vietnam en 1967 continuó su carrera profesional en la que dirigió el trabajo de otros legendarios reporteros de su época como Huynh Cong ‘Nick' Ut, también ganador del Pulitzer con su imagen de 1972 de la niña vietnamita abrasada escapando de un ataque de napalm.

      Otro de los fotógrafos con quienes formó su equipo fue Eddie Adams, autor de otra de las fotografías más conocidas de aquella guerra, la ejecución de un sospechoso por el jefe de Policía de Vietnam del Sur durante la ofensiva del Tet, en febrero de 1968.

     Los primeros destinos como reportero gráfico le condujeron por las guerras del Congo y Argelia hasta que fue trasladado a Saigón en 1962 y donde llegó el mismo día que su compañero Peter Arnett, con el que formó pareja de trabajo durante casi diez años.
En 1976 fue destinado a Londres como editor senior para Europa hasta que se retiró en 2004 y es coautor de dos libros sobre fotógrafos de guerra muertos en la guerra de Indochina:" Requiem" (1997) y "Perdidos sobre Laos" (2003).
      Sobre la Guerra de Vietnam realizó uno de los reportajes más impactantes que se conocen.

      Helicópteros del Ejército de Estados Unidos abren fuego de ametralladora sobre la línea de árboles para cubrir el avance de las tropas de Vietnam del Sur durante un ataque a un campamento del Viet Cong cerca de la frontera con Camboya en marzo de 1965.
     Tropas de Vietnam del Sur junto a asesores de EE.UU. descansan luego de una tensa noche durante las que esperaron para emboscar a las tropas del Viet Cong en enero de 1965.

     Una mujer llora ante los restos de su marido, descubiertos en una fosa común cerca de Hue en abril de 1969.

     Un soldado de EE.UU. hace guardia en la ruta 7, mientras mujeres y niños vietnamitas regresan a la aldea de Xuan Dien de Ben Cat, Vietnam, diciembre de 1965.

     Mujeres y niños se ponen a cubierto en un canal de barro del intenso fuego del Viet Cong el 01 de enero de 1966.

     Tropas de los EE.UU. se ponen a cubierto luego de que un helicóptero CH-46 fuera derribado cerca de la zona desmilitarizada (DMZ) entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur el 15 de julio 1966.

     El teniente coronel George Eyster es atendido por los paramédicos luego de recibir el disparo de un francotirador del Viet Cong el 16 de enero de 1966.

     Civiles sobrevivientes después de dos días de intensos combates para tomar el puesto de Dong Xoai en junio 1965.

     La imagen que le valió a Horst Faas su primer Premio Pulitzer, en donde se ve a un padre con el cadáver de su hijo junto a integrantes de los Rangers del ejército de Vietnam del Sur el 19 de marzo de 1969. El niño murió cuando las fuerzas gubernamentales atacaron un pueblo cerca de la frontera con Camboya para expulsar al Viet Cong.

     Cadáveres de soldados de Vietnam del Sur y de EE.UU. luego de fuertes enfrentamientos con el Viet Cong en una plantación de caucho cerca de la ciudad de Saigón el 27 de noviembre de 1965.

    Saldo de heridos y muertos luego de un atentado con bomba frente a la embajada de los EE.UU. en Saigón el 30 de marzo de 1965.

     Prisioneros de guerra de EE.UU. en el campo de detención de Ly Nam en Hanoi, Vietnam del Norte, en marzo de 1973.

     El 2 º Batallón de Infantería de Vietnam del Sur en un transporte de tropas de la Marina de los EE.UU. en su camino de regreso a la capital de la provincia de Ca Mau en agosto de 1962.

     Niños pertenecientes al Movimiento de la Juventud de Katanga, visten uniformes de su propio diseño, con fusiles hechos de madera en el barrio indígena de Elisabethville, Congo, 28 de noviembre de 1961.

      El 18 de diciembre de 1971 guerrilleros de Bangladesh asesinan a cuatro hombres sospechosos de colaborar con milicianos paquistanés que habían sido acusados de asesinatos, violacions y saqueos durante los nueve meses de guerra civil. Por esta imagen Horst Fass consiguió su segundo Premio Pulitzer junto al fotógrafo Michael Laurent.

      Distribución de pequeñas raciones de pescado seco y aceite de palma a un grupo de hambrientos congoleños en el hospital de Miabi el 26 de enero 1961.

      Un niño lleva un rifle de juguete mientras camina con su madre frente a soldados franceses frente al Palacio de la Bastilla en Orán, Argelia el 04 de mayo de 1962.

     Los presidentes Anwar Sadat y Richard Nixon se dan la mano frente a las pirámides de Giza, cerca de El Cairo el 14 de junio de 1974.

     El Presidente de Uganda Idi Amin durante una conferencia de prensa en la sede de la Liga Árabe en El Cairo, Egipto, el 08 de marzo de 1977.

     Muhammad Ali entrena antes de su pelea contra George Foreman en Zaire en octubre de 1974.

     Muhammad Ali, toca unas notas en el piano junto a la cantante Etta James el 22 de septiembre de 1974.

sábado, 5 de mayo de 2012

Fotografía con Historia: La Conferencia de Yalta, 1945.

     Fotografía de la Conferencia de Yalta en la cual, de izquierda a derecha, aparecen: Winston Churchill, primer ministro británico, Franklin Delano Roosevelt, presidente de Estados Unidos y José Stalin, máximo dirigente de la Unión Soviética. La Conferencia de Yalta fue una reunión celebrada en los primeros días de febrero de 1945, en la ciudad de Yalta, en la costa meridional de la península de Crimea (en la actualidad perteneciente a Ucrania), en las circunstancias finales de la Segunda Guerra Mundial.

     El Fotógrafo Robert Hopkins, que asistió como corresponsal norteamericano, nos recuerda, en sus memorias, algunos aspectos de aquella famosa cumbre.

     "Sobrevolábamos el mar Negro cuando desperté a las 7 de la mañana del 3 de febrero. Me enteré de que aterrizaríamos en Saki (Crimea) y luego continuaríamos en auto hasta Yalta, a 140 kilómetros de distancia. El ministro de Exteriores soviético, Vyacheslav Molotov, estaba allí para recibirnos cuando nuestro avión tocó tierra. El me recordaba de la Conferencia de Teherán y me saludó amistosamente. Winston Churchill ya había aterrizado. El presidente y mi padre llegaron unos minutos después en el avión presidencial, La Vaca Sagrada.
Los soldados soviéticos, en uniformes de gala, estaban alineados a ambos lados de la pista. Se pusieron firmes mientras el avión del presidente aterrizaba, y una banda militar rusa comenzó a sonar. Una vez en tierra, Roosevelt revistó la guardia de honor a bordo de un jeep; Churchill lo acompañó, caminando junto al auto. Luego abordamos una caravana de autos y partimos rumbo a Yalta. Alcanzar nuestro destino nos llevó cinco horas sobre ese camino destruido por los enfrentamientos. Toda la ruta estaba vigilada por soldados soviéticos, la mayoría de ellos mujeres, apostadas cada una a una distancia en la que alcanzaban a ver a la siguiente.
El camuflaje opacaba el esplendor del palacio Livadia, el palacio de verano del zar Nicolás II, a unos 17 kilómetros de Yalta. El Alto Comando Nazi lo había vaciado apenas unos meses antes de nuestra llegada.

EL LIMONERO REAL

La tarde del 4 de febrero, al día siguiente de que Roosevelt llegara al Livadia, Stalin se presentó en una visita informal. No hubo tiempo para avisar a Churchill, quien estaba en sus cuarteles en la Villa Vorontsov, a kilómetros de distancia, o para convocar el cuerpo principal de fotógrafos del ejército norteamericano, alojados a bordo del “USS Catoctin” –la primera nave norteamericana en ingresar al mar Negro desde la Revolución Rusa, que funcionaba como enlace de comunicaciones con Washington–, anclado en Sebastopol, a 120 kilómetros.
Apenas recibí la noticia, bajé corriendo con mi Speed Graphic, justo a tiempo para fotografiar al presidente conversando con Stalin en una pequeña antesala pegada al hall de entrada. Estaban sentados en un sillón de plush, con una mesa tendida delante de ellos. El intérprete de Stalin, Pavlov, estaba sentado a un lado, tomando notas y traduciendo.
El encuentro fue cordial y consistió mayormente en una bienvenida a Yalta de parte de Stalin, para asegurarse de que el presidente se encontrara cómodamente instalado. Como se acercaba la hora del cóctel, el presidente repitió un ritual que solía llevar adelante en la Casa Blanca: preparar un par de martinis secos. Al alcanzarle su vaso a Stalin, se disculpó explicándole que un buen martini en rigor de verdad debe llevar un poco de limón. A las seis de la mañana del día siguiente, cuando bajé al hall de entrada, me sorprendió ver, ubicado justo ante la puerta de la antesala, un enorme limonero –llegué a contar unos 200 limones colgando de sus ramas– que Stalin había mandado traer de su Georgia natal para que el presidente pudiera servir sus martinis con su twist de limón.

DE GAULLE LO MIRA POR TV

La primera reunión plenaria de la Conferencia de Yalta fue convocada después de una llamada informal de Stalin a Roosevelt. Para entonces ya habían llegado los contingentes completos de fotógrafos oficiales norteamericanos, británicos y rusos. Había 16 fotógrafos y dos camarógrafos del ejército norteamericano, dos fotógrafos británicos, y al menos treinta rusos; no había fotógrafos de la prensa civil.
El hall de entrada principal del palacio Livadia estaba atestado; sacar fotos era difícil. Aunque casi todos los presentes me superaban en rango, los convoqué a una reunión recurriendo a un intérprete ruso llamado Mike. Todo lo que habíamos hecho hasta el momento era fotografiarnos mutuamente las espaldas. La única solución era reducir el número de fotógrafos. Después de alguna discusión, los rusos accedieron a recortar su contingente a un fotógrafo y dos camarógrafos, siempre y cuando los norteamericanos hicieran lo mismo. Para mi sorpresa, todos estuvieron de acuerdo. Como el presidente Roosevelt me había pedido que cubriera la conferencia, fui el único fotógrafo norteamericano que la registró el resto del tiempo que permanecimos allí.
Esa noche, Roosevelt fue el anfitrión de una cena para Churchill y Stalin y el personal inmediato de ambos, incluyendo a mi padre. Cuando fotografié a los invitados alrededor de la mesa, un asiento en un extremo se encontraba vacío porque el intérprete de Churchill, el mayor A.H. Birse, aún no se había sentado. Esta foto fue publicada a página completa en la revista Paris-Match con el epígrafe “La silla vacía fue la del general De Gaulle”, reflejando la amargura francesa por su exclusión de las deliberaciones de Yalta.

THE RUSKY KID

En el palacio de Livadia abundó el caviar de beluga. De hecho, la entrada del desayuno consistió a diario en un plato rebosante de salsa de caviar para cada invitado, seguido por arenque, pan, fruta y té. El menú jamás varió. Yo extrañaba el jugo de naranjas, los huevos fritos, las tostadas y el café, y sabía que la comitiva del presidente incluía a los chicos filipinos que servían a bordo del yate presidencial, el “Potomac”. Y descubrí que habían traído con ellos comida suficiente para alimentar a toda la delegación norteamericana de 258 personas y que contaban entre sus provisiones con canastas repletas de huevos frescos.
Cuando las conferencias entraban en sesión, yo era libre de fotografiar el palacio y los jardines. En una ocasión, Anna Boettiger, Kathy Harriman y yo dimos un paseo a través de los campos y hasta la ciudad de Yalta. Fuimos seguidos a veinte pasos por un soldado ruso. En el camino nos encontramos con un niño de unos cuatro años. Nos detuvimos para hablar con él. Anna le ofreció una barra de chocolate Hershey, que el niño aceptó. En ese momento, el soldado ruso apuró su paso hasta nosotros, arrancó la barra de chocolate de las manos del niño y forzó a Anna a tomarla de vuelta, diciéndonos: “¡Los niños rusos no necesitan comida!”. Nuestras protestas fueron en vano, y el niño corrió a su casa aterrorizado y con las manos vacías.

LEJOS DE BERLIN

La última sesión plenaria de la Conferencia de Yalta se llevó a cabo el 11 de febrero, y Steve Early programó una sesión de fotos para esa tarde, en el patio del palacio. Se esparcieron alfombras orientales por los que habían sido los jardines, y se dispusieron tres sillas frente al pozo para Roosevelt, Churchill y Stalin. Corría una especie de euforia entre los miembros de las tres delegaciones, por lo que había sido logrado durante la conferencia. Sus rostros reflejaban el alivio tras la semana de agitadas negociaciones, y hubo risas y una atmósfera distendida. Los tres diplomáticos más importantes tomaron sus lugares tal como les fue solicitado, pero los otros no se corrieron del medio, como yo esperaba que lo hicieran. No importaba realmente porque cada una de las personas presentes había hecho una contribución importante a las discusiones.
Mientras tomaba una foto de Stalin y Molotov bajo la galería, Stalin me hizo señas para que me aproximara. Sonrió y estrechó mi mano, y me preguntó qué había estado haciendo desde la última vez que nos habíamos visto. Molotov fue nuestro intérprete. Le dije que acababa de regresar de filmar el frente alemán.
“¿Cuáles son sus planes ahora?”, preguntó.
“Quiero ser el primer fotógrafo americano en Berlín, pero parece improbable, dado que sus tropas están en las afueras de la ciudad y estamos a 190 kilómetros de distancia.” “¿Qué le parecería integrarse al Ejército Rojo?”, me dijo.
“De esa manera podría ser el primer norteamericano en filmar la caída de Berlín”.
La propuesta me quitó el aliento. Sin pensar, solté abruptamente: “¿Usted podría arreglar eso?”, olvidando por un momento que él podía disponer cualquier cosa dentro de la órbita soviética.
“Si usted puede arreglarlo en su frente, yo lo haré en el nuestro”, dijo Stalin.
Le agradecí, le di la mano a él y a Molotov, y luego corrí por el pasillo del Livadia, encontrándome con el general Marshall por el camino. Le conté de mi conversación con Stalin y le pregunté si él podía hacer los arreglos necesarios para que me pusieran en misión temporaria con el ejército ruso, de manera tal de poder filmar la caída de Berlín.
“Sí –dijo–, puedo arreglar eso.”
Entonces me dirigí volando, emocionado, hasta la habitación de mi padre que guardaba cama, enfermo, y le conté de mis conversaciones con Stalin y con el general Marshall.
“No podés ir”, me dijo con sequedad.
“¿Qué querés decir? ¡Está todo arreglado! ¡Esta va a ser la historia más grande de toda la guerra!”
“Quiero decir que no podés ir. Pensalo. Si fueras asignado al ejército ruso, jamás te dejarían acercarte al frente. Incluso si llegaras al frente, no te dejarían tomar fotos. Y si fueras suficientemente inteligente como para tomarlas, nunca las dejarían salir del país. Vas a ir a Berlín con el ejército norteamericano.”
No pude persuadirlo. Estaba inflexible, y yo tenía que admitir que él conocía a los rusos mejor que yo.
“¿Qué le voy a decir a Marshall? ¿Qué le diré a Stalin?”
“Ese es tu problema,” dijo.
Desilusionado, fui a ver al general Marshall en su habitación y le dije lo que mi padre había dicho y que retire mi solicitud para una misión temporaria con los rusos. Luego me dirigí a Stalin y le dije que no podría ir, pero que le agradecía la oferta.
Stalin apenas se encogió de hombros.
No mucho después, abordamos un viejo y lujoso tren –papá durmió en la habitación del zar– y cuando desperté a la mañana siguiente ya nos encontrábamos en el campo aéreo de Saki".

     Patio del Palacio de Livadia, donde se llevó a cabo la Cumbre.

     Exterior del Palacio